miércoles, 11 de febrero de 2009

La tradición de la libertad


Everything is what it is: liberty is liberty, not equality or fairness or justice or culture, or human
happiness or a quiet conscience. If the liberty of myself or my class or nation depends on the misery
of a number of other human beings, the system which promotes this is unjust and immoral. But if I
curtail or lose my freedom in order to lessen the shame of such inequality, and do not thereby
materially increase the individual liberty of others, an absolute loss of liberty occurs.
Isaiah Berlin


El liberalismo es, ante todo, una ideología; eso es, una construcción de ideas a partir de la cual interpretamos el mundo. Caracterizar al liberalismo como una mera agenda de reducción gubernamental desenfrenada o una tendencia compulsiva a rebajar los impuestos, es mentir abiertamente sobre lo que lo constituye.
Lo que caracteriza al liberalismo es el sujeto, no el predicado. Es el individuo el único actor posible dentro de esta ideología. Esto no es negar la existencia de grupos sociales; sino, más bien, reconocerlos en tanto asociaciones limitadas de individuos con fines particulares y definidos, así como circunscritos a un periodo temporal especifico. En el individualismo, entendido como fundamento social del liberalismo, no hay espacio para tales categorías agregadas mal definidas y etéreas como “pueblo”. Es claro que nunca un grupo puede mantenerse consistentemente atado para perseguir toda causa que inflame a sus miembros, siempre surgirán diferencias de fines, metas y métodos entre los distintos individuos, por lo que una categoría tan amplia y vaga como “pueblo”, resulta falaz e imposible.
La premisa básica, sobre la cual se construye la ideología de la libertad, es el axioma de la no coerción; axioma que dicta que ningún individuo puede iniciar el uso de la fuerza en contra de otro. Este axioma, por tanto, dicta que el único intercambio que puede realizarse entre individuos, es aquel que sea voluntario y consentido. También, a partir de este axioma se deduce el rol del estado en la vida. El tamaño, función y alcance del gobierno en un sistema liberal siempre ha sido un punto de debate dentro de las distintas corrientes del liberalismo; sin embargo, todas estas corrientes coinciden en que este rol debe limitarse a proveer aquellos servicios que, por necesitar el monopolio de la fuerza, el libre mercado no es capaz de satisfacer del todo. Se puede contrastar la posición en el tema de “clásicos”, como Adam Smith, que admitían la intervención del gobierno para evitar los monopolios, con las posiciones de los Anarco-capitalistas de la escuela Austriaca, que rechazan la posibilidad del surgimiento de tales monopolios en un verdadero libre mercado e incluso avanzan la posibilidad de que es éste, y no el estado, el que mejor puede proveer servicios como la justicia y la seguridad. Sin embargo, más allá de las diferencias, existe un patrón común que los unifica: para todos, el rol del estado, si ha de existir, es exclusivamente proteger los derechos de los individuos.
Una de las confusiones que más daño ha hecho a la causa liberal ha sido aquella entre la diferencia de los derechos positivos y negativos. Para una detallada elaboración acerca de esta distinción, véase “Los dos conceptos de la libertad” de Isaiah Berlin. Esta confusión ha hecho particular daño en el mundo anglo-parlante, donde una rama de social-demócratas, seguidores de la tradición de derechos positivos, ha usurpado el nombre del liberalismo. Histórica y teóricamente llamarlos así no tiene base racional, y es más una máscara para evitar el mal nombre del socialismo en dicho mundo, que una posición ideológica verdadera.
El primer tipo de derechos; los positivos, que encuentran su formulación en la obra de Rousseau, mantienen que el individuo tiene derechos que no son universales e innatos, sino que se desprenden de las necesidades ambientales del hombre e implican que un ente superior (entiéndase: el estado) debe forzar a un grupo de personas a garantizar una cantidad de condiciones a otro grupo. El fundamento de esta clase de derechos no es la libertad y el libre albedrio, sino algún otro concepto; e, históricamente, podemos notar con facilidad que han servido para justificar toda clase de tiranías, entre ellas el Reino del Terror francés y el comunismo soviético. Una vez dado el paso al campo de los derechos positivos, no resulta muy difícil encontrar terreno para el avance de toda clase de causas anti-liberales. Sea cual sea esta causa, concebida como superior a la libre voluntad individual, siempre resulta en una disminución de la esfera de acción reconocida al hombre. Esta tendencia ha tomado muchas caretas, entre ellas la “raza superior”, la “gloria de la nación”, la “igualdad social” y una mal definida “libertad” entendida en sentido positivo; pero su trasfondo es siempre el mismo: una concepción colectivista o grupal de la sociedad. Esta ultima “libertad” en sentido positivo (libertad para, no libertad de) ha sido la que ha alimentado a todas las vertientes históricas y teóricas del socialismo, sea democrático o autoritario. Más que el agravio mismo a la libertad que esta concepción implica, el riesgo más temible es las puertas que le abre a la intervención estatal en la vida privada. Una exposición más profunda del tema puede hallarse en “El camino a la servidumbre” de Friedrich Hayek.
Los derechos negativos, en contraposición, se definen como innatos y absolutos; no necesitan la colaboración de otros individuos para ser garantizados, sino su mera abstención de iniciar el uso de la fuerza o el fraude. Son estos los derechos que reconoce el liberalismo. Así, entendemos libertad; no como una capacidad vagamente definida y etérea de hacer aquello que queramos, sino como la capacidad de hacer todo aquello que queramos, y podamos, sin ser obstaculizados por ser humano alguno, siempre, por supuesto, manteniendo el respeto al axioma de la no coerción; es decir, respetando la esfera idéntica de no-intervención a todos los demás individuos .
Los fundamentos a partir de los cuales se justifica el liberalismo, y que dividen a los liberales en dos grandes campos, son el utilitarismo y los derechos naturales (justificación deontológica). El primero persigue la libertad por los beneficios que esta traerá y el segundo la persigue porque la considera una facultad innata e inmanente al individuo. John Locke avanzaba que estos derechos naturales son la libertad, la vida y la propiedad; en contraste Murray Rothbard solo reconocía dos, de los cuales derivaba el resto utilizando el axioma de la no-coerción: la propiedad individual del cuerpo propio y del producto del trabajo sobre la naturaleza.
Otro factor clave que define al liberalismo es la división del poder, ejemplificada por Alexis de Tocqueville. La teoría liberal sostiene que el poder debe estar dividido al máximo, ya que en toda instancia, este se presta al abuso, y que la única manera de dividirlo efectivamente es a través del libre mercado, el sistema de la competencia en materia económica, y el estado mínimo en materia política. La democracia, en si misma, no es un fin; incluso resulta indeseable cuando no esta acompañada por la república, la división efectiva de los poderes y el respeto a la libertad individual. La importancia del libre mercado en limitar el poder económico es clara: este permite que, ante el abuso, surja la competencia. Algunas escuelas de pensamiento liberal además avanzan que el único origen posible del monopolio es la protección y el abuso de la fuerza por parte del estado. En general se entiende monopolio como prevención de la competencia, no como estatus de único proveedor de un servicio. En cuanto al rol del estado; este invariablemente, como ya hemos dicho, debe restringirse a la protección de la libertad de los individuos. En este punto Milton Friedman se separó considerablemente de la tradición liberal. Al admitir la necesidad de ceder una porción de nuestros derechos individuales, en pos de garantizar que la sociedad nos reconozca el resto, a través del sistema de caridad social forzosa de los vauchers, Friedman dejo las puertas abiertas a la mala interpretación de los valores liberales. Al avanzar la idea de los vauchers, permitió que el público se confundiera sobre la misma naturaleza de estos; que, se supone, son solo una concesión: un mal menor ante la redistribución centralista del estado del bienestar. El otro gran punto de diferencia de Friedman con la tradición liberal es el patrón oro. Este fue siempre defendido como una barrera al abuso del poder económico por parte del estado, pero Friedman lo desechó, considerándolo impracticable.
La importancia de todo esto no es meramente teórica, o académica: estos son los fundamentos sobre los cuales se construye toda posición ante la vida, toda forma de actuar y toda ideología política. La distinción entre derechos positivos y negativos, o entre utilitarismo e iusnaturalismo (derechos naturales), no puede ser descartada por pragmatismo sin poner en grave riesgo aquello que es más sagrado en el ser humano: su libertad.